29.11.13

TUK TUK


Mi penúltimo trayecto en Índia. Pensado en el tuktuk sobre lo que me espera a mi vuelta a casa, hastiado y cansado de la inagotable, ruidosa e inquieta masa india, algo empieza a suceder a través de la ventanilla. Lo que me devuelve la calma y las ganas de mirar al exterior es esa pequeña procesión de hombres que cargan con el cuerpo sin vida de una anciana arropada por una montaña de flores naranjas. Son cuatro los que la llevan sobre sus espaldas, en un lecho de madera. Les siguen unos 20 hombres más, la única mujer es la que yace muerta bajo el manto de flores aún frescas y radiantes que un joven sigue arrojando sobre su cuerpo mientras el grupo avanza. Van con paso rápido y un poco más adelante se mezclan entre los coches parados en el atasco. Los sortean y por un momento los rezagados, con cierta excitación, abren el camino entre el tráfico y hacen señales a los conductores para que no arranquen sus vehículos.

Cuando los pierdo de vista, veo a una joven mujer sacar la cabeza por la ventanilla de un autobús lleno hasta los topes. Solo mira hacia el suelo durante un instante, como esperando que surja algo del asfalto. Al desviar mi mirada hacia ahí abajo, buscando qué cosa tan interesante mantiene a la chica absorta, empiezan a caer sus vómitos, dejando un rastro desde la ventanilla en el costado del bus.
Entonces es cuando un motorista se atreve a pasar justo bajo la cascada. En el último momento se percata y gira bruscamente para evitar el chaparrón. Es cuando me percato de que conduce la moto con una sola mano. Es lo que tiene ser manco, que te las has de apañar con la mitad de recursos. Nunca había imaginado que un manco pudiera pilotar cualquier vehículo en el día a día. Sin duda algo que solo puede pasar en un país como India.


Todo es más dramático, más trágico. En el cielo de Mumbai los cuervos tienen el papel de nuestras palomas y nuestras gaviotas son remplazadas por águilas reales.